"Elle est triste elle fait valoir
Le doute qu'elle a de sa réalité dans les yeux d'un autre."

En exil, Paul Eluard.

sábado, 30 de mayo de 2015

Cuando ya no soy yo la que se marcha. Historia de un à bientôt.

Todo es muy raro -dijo Greta- Te pasas media vida tratando de llegar a un punto desde el que no puedas volver y otra media intentando encontrar el camino de regreso”
Benjamín Prado, Raro.

Tres millas de distancia no cuentan cuando existen serios motivos para recorrerlos”
Jane Austen, Orgullo y prejuicio.

Creo que la distancia me ha hecho más egoísta. Y también creo que en estos 9 meses (¿ya?/¿sólo?) el francés no es precisamente mi principal aprendizaje, pero tampoco mi principal defecto. Pues, ante todo, he hecho un curso intensivo en saber relativizar. (Bueno, seguimos en ello). Y relativizar significa no cargarse el mundo sobre los hombros (The Beatles decían a Jude que don't carry the world upon your shoulders) Interiorizar de una puñetera vez aquello de que no tenemos nada (ni somos, que diría Evaristo), por lo que no hay nada que perder. Y, sobre todo, dejar de pensar en mi pequeña tragedia cotidiana como si fueran las siete plagas. Y aprender a relativizar el egoísmo de querer que todo el mundo se acuerde de mi cada día, que me envíen cartas cada semana y que me digan que están deseando que vuelva, como si el ellos no tuviesen ya su propia vida. Pero supongo que a todos nos pasa, ¿no?, al fin y al cabo necesitamos sentirnos queridos, imprescindibles desde el momento que tenemos la suerte de querer y de necesitar a determinadas personas. Porque qué sería de la vida sin reciprocidad.

Aprendo a combatir mi egoísmo justo en el momento en que ya no tiene sentido que nadie me diga aquello de “no quiero que te vayas, quédate conmigo”, sino que los roles se invierten y ya no soy yo la que se marcha, sino la que se queda. Justo en el momento en que todos hemos aceptado mi abandono indefinitivo de mi casa, mi barrio, mi ciudad, y cuando casi sin darme cuenta me he forjado otra casa, otro barrio y otra ciudad. Cuando las llamadas de skype, las cartas se van poco a poco extendiendo en el tiempo, porque tanto los que quedaron como yo (aunque a mí me haya costado bastante más) nos hemos dado cuenta de que estos malditos kilómetros no van a ser capaces de romper los lazos. Cuando he vuelto de visita pero sin perder la sensación de que sigo perteneciendo a ese paisaje a pesar de todo. Entonces, justo en ese momento en el que he superado el síndrome de Estocolmo primero, y luego el dolor de sentirte parte de dos sitios a la vez cantando, como The Clash, si debo quedarme o irme (should I stay or should I go), y aunque siga haciéndome un maldito lío con el aquí, el allá, el ici, el , justo entonces, dejo de ser la que se marcha para ser la que se queda.



Ella se llama Ana, tiene la piel suave y dejó su paradisiaco Río de Janeiro por unos meses para lanzarse a la aventura francesa. Y estoy segura de que para ella el francés tampoco fue su principal aprendizaje. Ana vino, se enamoró y nos enamoró a todos, viajó, sonrió, se hizo un tatuaje, siguió sonriendo, bailó, aguantó el frío y se fue. Con Ana rodé de risa por el suelo cuando un camarero nos trajo un café en vez de las patatas fritas que habíamos pedido. Con Ana terminamos hablando portuñol hartándonos de las batallas lingüísticas de nuestros respectivos acentos y el francés. Ana me ha regalado mucho más que un foulard que vio en Berlín y le recordó a mi, una decena de postales, dos fotografías nuestras dedicadas y una bolsa llena de libros que no le cabían en la maleta de vuelta. Con Ana no he solamente descubierto los mejores lugares de Lyon. Yo aprendí a vivir con sus tardanzas a las citas, y ella con mis horarios locos. Por Ana he dado gracias al azar que hizo que nos encontrásemos en un domingo de septiembre, entre tanto estudiante Erasmus y una Rocío que hizo acto de presencia buscando compañía en ciudad ajena, pero que terminó encontrando amistad.

Ana llegó ayer tarde a nuestra cita en aquel restaurante para despedirnos, antes de que hiciese su último viaje por Italia y cruzase el océano. Como desde el primer día que nos vimos, pedimos las dos el mismo plato. La primera vez fue una crepe de nutella, ayer fueron unos macarrones al pesto. El camarero era portugués y ella le habló en su idioma nativo. Comimos bastante calladas y no hicimos excesivas florituras en nuestra despedida. La abracé, y le dije à bientôt, porque no será un adiós. Le prometí que iría a Río, independientemente de que ella antes decida volver a cruzar el charco.

No le dije adiós porque mi experiencia al otro lado de la trinchera, en el campo de batalla de los que se van, me enseñó eso. Porque ahora soy yo la que me quedo. Me quedo en una casa, un barrio, una ciudad que terminaré haciendo mía, y ahora es otra persona la que se me va. Una ciudad que el mismo día que se marcha Ana, viste sus principales plazas con flores. Se va de esta ciudad a la que le debo el gusto de haberme dado flores como Ana. Ana que se marcha de donde yo me quedo. Se marchó Ana ayer, pero mañana serán otras flores. Flores que volverán a deperdigarse por los dos lados del Atlántico, del mismo modo que yo me desperdigo. Flores que dejamos polen allá a donde vamos, y de vez en cuando algún pétalo, por eso nos vamos reconstruyendo. Ya lo decía Benedetti, mi noción de patria es esta urgencia de decir "nosotros". Nosotros, que nos vamos y nos quedamos al mismo tiempo. Nosotros, que aprendemos cada día, pero que nos olvidamos de pisar el freno, de soltar amarras, de renunciar. En fin, que nos olvidamos de decir adiós.





lunes, 18 de mayo de 2015

La falta de motivación.


"El futuro no es
una página en blanco
es una fé
de erratas."

Mario Benedetti (en los 6 años de su muerte). 

"Asumirse los fueros 
es no dictaminarse. 
Me publico completo, 
me espero mejorable 
desde mi parlamento 
de guitarra sonante. 
Tocando fondo nací un buen día, 
tocando fondo ando todavía."

Silvio Rodriguez. 


Tercer fin de semana consecutivo en el que libro. Me estoy malacostumbrando. El sol ha vuelto a escaparse, como arrepintiéndose de haber hecho acto de presencia en nuestras grises vidas lionesas, al más puro estilo del mito de la caverna. Se nos ha ido el sol, que era algo más que una metáfora y lo había recibido como un verdadero chute de energía para ver la vida de otra forma. Para empezar a tomar el café expreso que semanalmente me doy de capricho en una terraza. Para integrarme en la sociedad francesa y sus picnics. Para viajar sin el peso del paraguas y desempolvar las camisetas de manga corta que hasta ahora utilizaba para dormir.
Se nos ha ido el sol, la vitamina B12 y las excusas para este no tener ganas de nada. O de tener ganas de todo menos de cumplir con las obligaciones. Como diría Aute, “no sé que coño me pasa hoy, que no consigo saber quién soy”. Se nos ha ido el sol dejando un cartel de “vuelvo en cinco minutos” y nos ha dejado así, sin saber que hacer.
Y eso que sobre la mesa se acumulan los papeles, recordatorios, libros, cartas que terminar que escribir... Bajo la montonera debe de estar el ordenador. Efectivamente. Lo enciendo y echo a suertes por dónde empezar. Después de lanzar una moneda, escoger un papelito de una bolsa y echar un par de partidas de cartas conmigo misma, me lanzo al abismo. Hoy vamos a escribir las Lettres de Motivation.

Las cartas de motivación son la razón científica de por qué los franceses son tan asquerosamente chauvinistes. Desde pequeños les enseñan a venderse y a decir que son los mejores. Yo creo que lo aprenden justo entre el hablar y el andar. Los niños franceses empiezan a caminar diciendo que una antigua leyenda gala les nombró los elegidos para introducir el bipedismo en el mundo. Y que nadie se piense que exagero, pues sólo hay que ver su capacidad innata para adornar cualquier pasaje de sus vidas como si estuviera ya planeado, desde tiempos inmemoriales, para triunfar en su glorioso destino. El francés o francesa se quiere tanto a sí mismo porque tiene que escribir una carta de motivación semanal para ser integrado en la sociedad.
Pues una carta de motivación es un documento, de longitud variable, manuscrita o a máquina/ordenador en la que el sujeto en cuestión se postula como el candidato ideal para cualquier beca/estudios/trabajo etc. Hasta aquí, algo ajeno, pero no excesivamente extraño para los que venimos del otro lado de los Pirineos. Todos nos hemos vendido en una entrevista de trabajo (bueno, los que al menos son llamados para ir a entrevistas), más bien o mal. La diferencia es que el francés lo hace como acto irracional, impulsivo, por escrito e individualizado para cada ocasión. El francés se vende y tiene razones para ello, ya que, opte a lo que opte, quiera lo que quiera, toda su trayectoria profesional y académica ha sido pensada y ejecutada por y para llegar hasta ahí. El francés desde los 12 años sabe qué va a ser de su vida, por la simple razón de que él es y será el mejor, porque su país ha preparado y sigue preparando para ser el mejor. ¿O de donde vienen mentes privilegiadas como Descartes, Pascal, Marie Curie, Balzac? ¿De dónde su gloriosa historia de defensores de la libertad del género humano, la democracia y la fraternidad de pueblos (Sic)? Obviamente, de que llevan desde la época de Astérix entrenándose para ello, porque sabían desde antes de que Panoramix inventara la pócima que tomarían la Bastilla. Y lo de la matanza de Saint-Barthélemy, el colaboracionismo y el Frente Nacional son sólo etapas vencidas que les ha dado competencias extra.

En cualquier caso, ironía aparte, ante mi incompetencia por escribir una carte de motivación para la que no estoy en absoluto motivada, llamo a un amigo que ya está acostumbrado a lidiar con mis ataques de gabachofobia e incomprensión total hacia su cultura. Generosamente, se ofrece a ayudarme, y, asombrosamente, descubrimos que mi mayor incompetencia este vez no es de naturaleza lingüística. Que si littérature se escribe con una o dos “t” es lo de menos, que si por mucho que me empeñe en inventarme palabras, todavía eso puede tener solución (espero). El problema soy yo y el contenido que debería verter sobre la carta.
Porque, después de tres o cuatros fórmulas de politesse (con una o dos “s”, es lo de menos) se me plantean las preguntas a responder en mi carta:

-¿Por qué quieres estudiar este grado de desarrollo y protección del patrimonio cultural, especialidad de guía conferenciante (o como se traduzca)?
-Pues...ejem...Veamos... No sé, llevo seis años estudiando historia y no tengo ninguna vertiente profesional factible.
-Pero eso no vale, vamos a intentar girar la pregunta, ¿por qué quieres hacerlo en la universidad de Lyon?
-Pues porque en Madrid cuesta diez veces más.
-Eso tampoco vale, probemos con ¿dónde te ves dentro de diez años?
-No vayas por ahí, porque apenas sé qué quiero hacer de aquí a una semana.
-Pero alguna pretensión tendrás, no sé, ¿qué te gustaría que fuese tu vida? Intenta dar una respuesta en la que estudiar esto y aquí sea relevante.
-... Mira, mejor vamos a hacer una cosa. Yo te cuento varias milongas diciendo que mi verdadera vocación son los museos, y tú lo escribes con las dobles “t” y las dobles “s” necesarias. Porque en verdad, si tuviese respuestas a estas preguntas, creo que ni necesitaría hacer esta carta, ¿sabes? No me pasaría horas muertas delante de una hoja en blanco de word planteándome si hacer este dichoso trabajo de fin de master merece la pena. Sinceramente, yo ya no sé si Francia o España, si este grado o un otro master en a saber qué, y si intentamos hacer la maldita lettre de motivation o me rindo y abrimos una botella de vin rouge
-Mais tu es complètement perdue...
-Si yo te contara.... “Más perdido que el barco del arroz”, como creo que decía mi abuelo. Mi mejor amigo dice “más perdido que el alambre del pan bimbo”, yo “más perdida que un perro en un garaje”, aunque creo que eso me lo inventé (para variar). Tu sais, más perdida que Papa Noel en mayo, que un piojo en una peluca, que una puta en misa, que turco en la neblina.
-On peut dire aussi que tu es plus perdue que ta lettre de motivation.
-Brindemos por el nulo humor francés.

Y descorchamos la botella. 

lunes, 11 de mayo de 2015

Los colores que me hacen sentir bien.

No deja de estremecerme su miedo, ahora que logro distinguir el pasado y el presente en las blancas dunas de su cerebro. Al principio era difícil saber distinguir. Un suceso, para ser asimilado por ella, se mueve en medio de referencias pasadas. Estas constantes comparaciones me confundían hasta que me di cuenta del color. Cuando experimenta una sensación inmediata, el color es vivo, reluciente. No importa si es oscuro o claro. El negro del presente es un ala de cuervo a la luz de la luna; el rojo es sangre o sol de algunos atardeceres. En cambio, el pasado aparece opaco negro de piedras volcánicas, rojo de nuestras pinturas sagradas. En el pasado, los objetos y las personas emanan un eco apagado y redondo, que contiene nostalgias superpuestas y olores cóncavos. En el presente, las imágenes y los sonidos son lisos, planos y tienen el olor rotundo de las puntas de lanza antes del combate.

Gioconda Belli: La mujer habitada.



Una canción de Topo que le encanta a mi padre pregunta si te has parado alguna vez a ver/ los colores que estallan en Madrid/ cuando al salir del metro, en una tarde otoñal/ el sol se va. Pues claro que sí. Por eso empecé este blog hablando del cielo de Madrid. Por eso me reapropio de la repetida máxima de de Madrid al cielo, incluida en una obra de teatro del XVII (“Pues el invierno y el verano/ en Madrid solo son buenos/ desde la cuna a Madrid/ y desde Madrid al Cielo”). Y aunque mi cultura popular sea bastante limitada en según que aspectos, a veces tarareo aquel cuando llegues a Madrid, chulona mía/ voy a hacerte emperatriz de Lavapies.

Mi hermana dice que Lavapiés huele a falafel. Pero en Lyon hay una calle de apenas 50 metros (no como la calle Atocha, en la que hay más bares que en toda Noruega, según Sabina) en la que caben 7 kebab, uno detrás de otro. Y no, no huele como Lapaviés, en absoluto. Como tampoco la calle más bobo (bohemio-burgués, adoro esa palabra) de la Croix Rousse podría huele igual que las baldosas de Malasaña. Cada ciudad es un pequeño mundo, con sus colores, que muchas veces no sé interpretar. La canción de Topo dice en su estribillo que estos son los colores que me hacen sentir bien. Cada ciudad es un pequeño mundo, con sus colores, que muchas veces no sé interpretar, y no sé si me hacen sentir bien.

Pero, afortunadamente, de vez en cuando la vida nos da una buena y merecida hostia, de esas que físicamente no duelen, sino psicológicamente, y que parece que las estamos pidiendo a gritos. Y cuando resacosa de recuerdos, girando una y otra vez en el mismo carrousel de la nostalgia, parece que me ahogo, la merecida hostia me llega en forma de bote salvavidas. Una amiga me dice aquello que nunca debería olvidar: que no son las ciudades de las que nos enamoramos, sino de la gente que encontramos en ellas. Entonces me acuerdo de una canción de Ismael Serrano que dice que la ciudad parece un mundo cuando se ama a un habitante. Son palabras dulces al borde del Mediterráneo y yo, noqueada, desarmada y vencida, solo puedo mirarla a ella, mirar al mar, a la arena, al cielo, y sentir que sus colores me hacen sentir bien.

Y qué maravilloso es cerrar los ojos (o ni siquiera) y poder ver distintos paisajes, distintas ciudades, distintas compañías. Y que Montpellier de repente se convierta en Córdoba. O Barcelona en Lisboa. O Turín en París. O Lyon en Madrid. Y sentir que la vida es un viaje, qué otra cosa si no, en la que la gente migra, huye, se refugia, se acerca y se aleja. Gente que se mueve y que hace realmente especiales esas ciudades que echo tanto de menos. Esas ciudades con gente sencilla, que puede hacer maravilloso cualquier bar, cualquier playa, cualquier parque y hasta cualquier carretera. Gente que se mueve, como me muevo yo y se mueven en mi cabeza todas las ciudades cuyos colores me hacen sentir bien.

Así que, por favor, si alguna vez vuelvo a confundir dónde y con quién estoy, seguid (como dicen Benedetti y Pablo Milanés) llenando este minuto de razones para respirar. Seguid llenando el tiempo y el espacio de colores, más netos o más vivos, da igual. Y que Toulouse sea algo más que la ciudad rosa, Marsella vaya a más del blanco y azul de puerto de mar, y Lyon termine de desteñir el tono amarillento de sus edificios. Que estallen todos los colores, como en el cielo de Madrid.


domingo, 3 de mayo de 2015

Conversaciones con Marianne.

Somos los últimos residuos de la inteligencia europea. Habíamos creido generosamente que el espíritu podía revolucionar el mundo, y no era verdad”.
Juan Hermanos: La fin de l'espoir.

Me despierto.
París.
¿Es que vivo,
es que he muerto?
¿Es que definitivamente he muerto?
Mais non...
c'est la police.
Mais oui, monsieur.
-mais non...
(Es la France de Daladier
la de monsieur Bonnet
la que recibe a Lequerica,
la Francia de la liberté)
¡Qué dolor, qué dolor allá lejos!”
Rafael Alberti: Vida bilingüe de un refugiado español en Francia (1939-1940),


El general Lazare Carnot fue uno de los principales hombres de la Revolución Francesa. Compañero de Robespierre, fue diputado de la Asamblea Legislativa y de la Convención, miembro del Comité de Santé Publique y del Comité militaire, hasta que una enemistad con su anterior amigo le llevó al exilio en Alemania, aunque volvería a Francia para ser ministro del interior en el último gobierno de Napoleón durante los 100 Días. Luego volvería a exiliarse. Su hijo, Sadi Carnot sería un conocido físico y, su nieto, presidente de la III República Francesa. Fue precisamente él el que inauguró una plaza dedicada a su abuelo y a la República en el primer centenario de la Revolución, en 1889, en Lyon. Cinco años después, sería asesinado en la misma ciudad por un anarquista italiano.


Hoy la place Carnot, frente a la estación de Perrache, es uno de mis lugares preferidos de Lyon. Leí el otro día que la cantidad de calles, monumentos y plazas dedicadas a símbolos republicanos y nacionales franceses fue uno de los elementos que impulsó la reacción patriótica de de las ciudades del norte de Francia durante la ocupación nazi, cuando los funcionarios del III Reich comenzaron a retirar placas y conmemoraciones de la geografía urbana. No sé si el apego a su glorieuse histoire es tal como para aprobar esta tesis de nacimiento de movimientos de Resistencia, pero sí que es uno de los principales aspectos de la vida cultural (y chauviniste) francesa. La estatua de la alegoría a la República Francesa, Marianne, ofrecida por el pueblo francés en 1889, sigue presidiendo la place Carnot, entre franceses haciendo pique nique, un carrousel, estaciones de bicicleta, una fuente y las escaleras que conducen a la estación.




Marianne sigue allí, intentando llamar la atención de los lyoneses para recordarles aquellos principios de los que tanto presumen y de los que se reclaman herederos pero que no practican. Pero nadie le hace caso, nadie parece reparar en su presencia, y eso que ella se esfuerza por ser vista. Incluso una vez se colocó un cono de tráfico naranja en la cabeza. Pero nada. Y a mi me da un poco de pena, pues sigue conservando su apariencia joven y majestuosa, a pesar del paso del tiempo y el desgaste de la piedra que la forma. No puede ocultar lo que ella y yo sabemos: que hace ya mucho que entró en decadencia. Hace ya mucho que no pinta nada, como los viejos que se sienten inútiles una vez jubilados y que ya sólo les queda luchar por no ser enviados a un geriátrico. Y no es moco de pavo, porque la anciana Marianne es Francia, y Francia es Marianne. La nation. La patrie. Le peuple. Entonces, yo, de vez en cuando, me acerco a la place Carnot a hablar con ella, a hacernos mutuamente compañía.



Silvio decía que tú, Marianne, querías ser canción (“y Mariana, y Mariana, y Mariana quiere ser canción”). ¿Sabes? A mí también me gustaría. Seguramente elegiría ser una del propio Silvio, o, si no, de Serrat. Alguna poética, en todo caso. Tampoco me importaría ser Le Temps de Cerices, o La Internacional. Son letras con mucha fuerza. Y, sobre todo, con mensaje, certero y siempre lanzado al futuro. Por que qué es esta vida si no es intentar perdurar. Pero bueno, hablando de cerezas, el otro día terminé de leerme un libro de Montserrat Roig titulado así, Tiempo de cerezas. El eje central era el regreso de una muchacha de la burguesía catalana a Barcelona en 1974, un día después de la ejecución de Puig Antich, tras haberse marchado doce años antes, poco antes de la detención de Julián Grimau. Me pareció una gran crítica a la sociedad de este país, a la burguesía acomodada que luego encuentra su vida vacía por poco que rasques, aunque estén podridos de dinero.

 


¿Vosotros tenéis literatura así? Estoy segura. Al fin y al cabo, es una necesidad vital. Pero no serás capaz de negarme que la capacidad crítica no está muy extendida chez vous. O mira lo que han hecho contigo. Mucha liberté, mucha égalité, mucha fraternité escrito en los frisos de los edificios públicos, pero nunca he visto mayores contrastes sociales que aquí. En un mismo metro cuadrado puedes ver a un grupo de personas de etiqueta brindando con champagne en el primer piso y a un clochard tapado hasta las orejas durmiendo en el mismo portal. Y te lo digo yo, que en mi ciudad nativa quieren erradicar la mendicidad porque es nociva para el turismo (sic.). Que sí, que mucho contre nous de la tyrannie pero la Francia de Daladier y Bonnet de la que habla Alberti encerró a 450.000 republicanos españoles exiliados en campos de concentración a cagar frente a la playa. Y no me cansaré de recordarlo, hoy te lo digo a ti, pero cada vez que puedo, le cuento la historieta a alguien. ¿Que soy pesada, que me voy por la tangente? Puede. Pero vengo de un país donde reivindicar la justicia histórica es remover las heridas. Entonces sólo nos queda dar la matraca o confiar en la justicia poética, que es bastante más arbitraria y a veces llega demasiado tarde. Pero también es mi favorita.

Vaya, empieza a llover.... ¿Aquí llueve hasta en mayo, o qué? Bueno, parece más bien una lluvia tonta, chirimiri dicen en mi tierra, espantabobos en Colombia. En cualquier caso, deberíais estar ya acostumbrados. Aunque a veces prefiero pensar que no. Mira, hace un par de días fui a la manifestación del Primero de Mayo. ¡El Primero de Mayo! El día de todos y todas las obreras del mundo. Yo me esperé que en un país con la tradición sindical y reivindicativa como el vuestro, se trataría de una verdadera jornada masiva de, como decís vosotros, rassemblement populaire. Pero no. Por eso prefiero echar la culpa a la lluvia, o a la controvertida decisión de la red de transporte público lyonés de no funcionar en todo el día. Y esta misma indignación que ahora te comento, se la volqué al incauto amigo que aceptó acompañarme a la manifestación. “Sí, tienes razón” -me dijo- “hoy ya nadie viene a estas cosas. Sólo jóvenes exaltados y viejos de la edad de oro del comunismo” Ajam... si total, tranquilo -le dije- de allí de donde vengo las manifestaciones reivindicativas han dejado también de tener sentido para muchos. Pero vaya, me esperaba algo más de vosotros, el pueblo revolucionario por excelencia, ¿o no tanto?

Las comparaciones son odiosas, me dicen. Por eso, a lo mejor/peor, me estoy volviendo un poco patriota. Al final va a ser verdad que es necesario irse lejos para apreciar lo que tienes. A lo mejor deberías hacer tú eso, desaparecer a ver si alguien te echa de menos en vez de ponerme un cono en la cabeza. Como en 1940 cuando los nazis quitaron tu retrato de la Sorbonne. Bref, otra cosa que me sorprendió del catastrófico Primero de Mayo es la gran cantidad de canciones en castellano que pusieron desde los coches con las banderolas de los distintos sindicatos, partidos y organizaciones. Desde el A las barricadas al Bella Ciao versión Boikot. “Es que para nosotros el español es la lengua de la revolución, ya sabes, Guevara, Castro, Zapata”. Vaya.... pues para nosotros el francés es la lengua de los burdeles- le respondí, sin ninguna mala intención. “¿En serio? Yo pensé que era la lengua de la diplomacia, de la política, de los altos affaires internacionales”.


Lo siento, mon cherie, camarade. Eso ya no es plus jamais. La belle époque pasó. Y lo digo en serio, a veces creo que las esperanzas se terminaron en 1945. Sobre todo para vosotros o, mejor dicho, sobre vosotros. Y tú, Marianne, la que quería ser canción, estarás de acuerdo en esto. O si no, mira lo que han hecho contigo... 

domingo, 19 de abril de 2015

Oda a las letras y a los recuerdos (que aunque me persigan, yo soy más rápida)

¿Qué libro se llevaría  a una isla desierta? 
“Esa pregunta que suelen hacer los que intentan definirnos a través de nuestras lecturas. Y se equivocan de pregunta porque sería mucho más interesante conocer el libro que NUNCA sacaríamos de nuestra casa.  Lo de la isla pertenece a ese tipo de interrogaciones que invitan a la mentira, porque quien la formula sólo se merece que intentemos quedar bien y digamos aquello que pretende oír. A los lectores no nos gustan las islas desiertas, ni los libros solitarios, sino nuestra casa, la butaca de nuestra casa rodeada de libros y de tiempo, y el saber que mañana será otro día, y otra historia, y otra oportunidad para leer en la cama.”

Luis García Montero, Una forma de Resistencua.  

“Il faut Voyager loin
En aimant sa maison”

Guillaume Apollinaire

Luis García Montero es, y ante todo, además de una figura política de actualidad, uno de los poetas más sanos del panorama actual, además de fino crítico literario y recién y ligero novelista. Su segunda novela no es tal, sino que es un conjunto de reflexiones acerca de varios objetos de la cotidianidad. En Una forma de Resistencia, enumera varios trastos y cachivaches que le rodean cada día y de los que se niega a deshacerse porque le recuerdan algo de su pasado, por qué es así, qué le llevó hacia el presente y, sobre todo, quién es. Me pareció especialmente original esta forma de normalizar y banalizar el quasi síndrome de Diógenes que muchos ocultamos tras el famoso orden del desorden que puebla nuestra habitación. En mi caso, quien lo conoce lo sabe, y como vil anécdota ahí queda aquella excusa de cuando era pequeña y en las notas del colegio destacaban aquel “¿es ordenado/a? A veces”. Yo le echaba la culpa a mi tío Jorge diciendo que era una cuestión genética.
Exijo y defiendo que los trastos y cachivaches sean parte de mi vida, por ello cuando regreso a casa necesito pasar unos minutos a solas con el que ha sido durante años mi espacio, y reconciliarme conmigo misma releyendo los cuadernos, remirando las postales, recolocando los libros (tarea imposible, subrayo), y remirando todo, en definitiva. Mis cachivaches son mi forma de resistencia, porque más allá de su utilidad o inutilidad adjunta, son pedazos de mí que no caben (nunca caben) en la maleta. Qué libro me llevo, qué camiseta, qué bolígrafo, imposible decidir con el corazón, porque aunque el libro ya me lo conozca, aunque la camiseta me quede pequeña/grande o el boli no pinte, es como elegir entre papá y mamá. Por eso decía el desaparecido Galeano que recordar es re-cordis,  “es volver a pasar por el corazón” (Eduardo Galeano: El libro de los abrazos) Y a mí mis diogenidades me ayudan a recordar.

Y cómo no recordar si la memoria de la humanidad amaneció esta semana herida de muerte sin Eduardo. Y yo que no me había acostumbrado a la ausencia de Mario y de Gabo. Pero menos mal que nos queda otra forma de resistencia y cuando vuelvo a casa y de “este ir y venir del carajo” (Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera) me encuentro un poco menos sola con mis tres ejemplares de Crónica de una muerte anunciada, cada uno con su particular historia. Y, sobre todo, porque siempre resiste la primavera entre mi habitación de paredes rojas, en la que “se puede estar feliz y sin embargo no ser feliz, ah, pero nunca pensé que el estar feliz incluyera, ¿sabés? tanta tristeza” (Mario Benedetti: Primavera con una esquina rota). Siempre que recordamos es primavera, aunque tenga la esquina rota o, aunque, como la de Alejo, aún no esté consagrada.

No en vano, La Consagración de la Primavera es uno de mis libros de cabecera desde que subrayé aquella frase que decía que “nuestra soberana juventud, nuestra sensualidad, siempre despierta, llenaban un universo sin cronómetros ni almanaques” (Alejo Carpentier: La Consagración de la Primavera). Y es que es fácil recordar si en la habitación de paredes rojas el cabecero de la cama está ocupado con Alejo, con Julio, con Rafael y con Juan.  Y me pregunto “por qué, a ciertas horas, es tan necesario decir ``amé esto``” (Julio Cortázar: Rayuela) cuando, igual que le pasó a Alberti, a regresar a Madrid necesito ir al Museo del Prado (Rafael Alberti: La Arboleda Perdida, 3).

Un poco presuntuoso, sí, lo de equipararme a Rafael, pero cómo no acordarme de aquel pasaje cuando dejo al mando del barco a mis pies y aparezco en la cuesta del Moyano o en la calle Huertas. Como no hacerlo si mis pies se detienen de repente con extremo cuidado de no pisar las citas de Larra, de Bécquer o de Moratín, para recordarme que estoy en este país en el que “¿no se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?” (Mariano José de Lara: Carta a Andrés). Cómo no recordar a mi ilustre exiliado al pasar frente a una placa dedicada a León, otro exiliado “imperturbablemente beligerante” (como decía Jose Luís Aranguren) de este país en el que “sobre tu vida, el sueño/ sobre tu historia, el mito/ sobre el mito, el silencio” (León Felipe).


Cómo no hacerlo aunque me siente en una terraza del barrio de las letras y saque del bolso un libro de Malraux. Qué herejía, gabachadas hasta el final del mundo, me digo, volviendo a acordarme de otra reflexión de Rafael, cuando se refiere a aquella ocasión en la que “Aragón, asombrado de la pujanza poética, llena de hálito político, de Víctor Hugo, lanzaba esta pregunta en medio de todos los ámbitos de Francia: ¿Ha leído usted a Víctor Hugo? La misma pregunta podemos nosotros lanzar hoy sobre poeta tan completo, tan combatiente, tan peligrosamente comprometido -¡sí!- tan diverso y tenaz como del que hablamos: ¿Ha leído usted a Aragón?” (Rafael Alberti: La Arboleda Perdida, 3) ¿Habéis leído a Aragon? ¿Y a Paul Éluard? ¿Y a aquel Malraux, brigadista y resistente?

Porque la literatura se hizo para ser, para estar, para recordar, para vivir. Porque las letras de un pueblo son su herencia más inmortal, que escapa al fetichismo de los cachivaches, a los iconoclastas a las censuras, a los olvidos y a las cazas de brujas. Por eso no pienso volver a ofenderme la próxima vez que a orillas del Ródano alguien me pregunte si soy del Real Madrid o del Barcelona. Simplemente sonreiré y no me avergonzaré de mi acento castizo, testimonio de un pueblo que es a lo vez lo mejor y lo peor. Un pueblo que masacró a un continente,  pero que resistió al fascismo y a los milicos y salvó los lienzos de Tiziano o Velazquez, y que es capaz de “escribir los versos más tristes esta noche” (creo que no hace falta referencia bibliográfica aquí). Sonreiré al aficionado del Paris Saint Germain o del Olympique Lyonnais cuyo pueblo también masacró a otro continente, pero que construyó barricadas y alzó comunas y que es capaz de escribir tu nombre, “cuando por el poder de una palabra/ vuelvo a empezar mi vida/ Yo nací para conocerte/ para nombrate/ libertad” (“Et par le pouvoir d’un mot/ Je recommence ma vie/ Je suis né pour te connaître/ Pour te nommer/ Liberté”: J’écris ton nom, Paul Éluard). 
Qué suerte que en mi cabecera, junto a Alejo, Julio, Rafael o Juan, también repose André Breton, o... acaso... “¿no es verdad, ángel de amor?”


miércoles, 15 de abril de 2015

A modo de presentación. Los personajes y la escena.

“Me había ido porque quería cambiar. Si no, el día menos pensado me iba a caer adentro del cajón de muertos sin saber para qué existir. Pensaba en los tipos que no tienen novedades nuevas para contarse, y no les queda más remedio que contarse las novedades viejas o sacarle al prójimo el cuero en tiras”

Eduardo Galeano: “Tener dos piernas me parece poco” (en Vagamundo y otros relatos)

“Sin proponérmelo especialmente, y con un inesperado manejo de mi propio caos, empecé a desgranar mi pretérito imperfecto, o sea, mi pasado no perfecto, rudimientario, timoreto, inmaduro, deficitario, chapucero, distorsionado, vulnerable, quebradizo, negligente etc. ¿Qué había hecho hasta ahora? El mundo se consumía y despedazaba en una guerra estúpida. Miles de muertos y yo, ¿qué hacía? ¿Qué hacía en esta mecedora contemplando la desolación del invierno desde mi propia desolación?”

Mario Benedetti: La borra del café.



Será la falta de confianza (self-confidence) que últimamente tengo en mi fuerza de voluntad la razón principal de posponer esta presentación. Las dudas de si sería capaz de mantener este proyecto y de que no cayese en el saco roto sin fondo de mis propósitos me sugirieron este periodo de prueba de 3 semanas. ¿Suficiente? Quién sabe. En todo caso, ahí va.

Escribo porque una semana antes de cumplir 18 años y con las notas de Selectividad recién salidas del horno decidí que no quería estudiar aquel maravilloso doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual, porque yo no quería que nadie me enseñase a escribir, sino que yo prefería saber sobre qué escribir. Esta temprana elección del contenido sobre el continente, de la esencia sobre la forma decidió que mi verdadera vocación era la historia. Escribo porque con 20 años dije que yo me iba a estudiar un año a París, huyendo de un país cuyo tufo presente, pasado y presuntamente futuro ya me superaba. Que yo me iba para aprender que siempre lo echaría de menos. Escribo porque aprendí, además, que no podía ni contigo ni sin ti, que aquel país olía mal, pero aquel otro al que cruzaba roncaba por la noche. Escribo porque aprendí, sobre todo, que tengo tendencia al síndrome de Estocolmo, en París, en Madrid y hoy en Lyon. Escribo porque volví al país maloliente, me enamoré de su pueblo perdidamente, y como la literatura me ha enseñado que en los verdaderos amores, para que sean realmente intensos, tiene que haber separaciones, dije que yo volvía a cruzar la frontera, por un tiempo indefinido, porque aunque ese país roncase, me gustaba bastante como amante. Escribo porque soy emigrante, soy precaria y estoy más perdida que un perro en un garaje, pero me siento orgullosa de ello, a pesar de todo.

Escribo porque, como historiadora que se destruye y reconstruye cada día, tengo especial debilidad por encuadrar todo en su tiempo y su geografía. Escribo, en definitiva, porque buscando la objetividad a la que mi firme concepción materialista me empuja, quiero plasmar mi propia historia, la historia de lo que veo en el país que ronca y de lo que echo de menos del país que huele mal, no vaya a ser que un día se me olvide. Que ya se sabe que el tiempo y la distancia maquillan, y no quiero que la nostalgia vuelva a engañarme nunca más.

Escribo porque nunca nada es tan terrible (aunque lo más terrible se aprende enseguida) ni tan hermoso (y lo hermoso nos cuesta la vida). Escribo porque si dejase mi humilde historia en la nada, en el limbo de las historias humildes, perdería significado. Significado relativo frente a otras historias de otros días y otros lugares, significado total en lo que se refiere a mi yo más intimista. Porque la Historia (con mayúscula) se escribe con las historias de las gentes sin nombre, y la vida no es sino historias de recuerdos e historias de aspiraciones conjugadas. Porque el tiempo es el hijo del cielo y de la tierra y es rey de los titanes.

Y escribo con memorias de trenes, de aeropuertos y de maletas, reflejo de esta historia de estar entre dos aguas a la que me enfrento. Escribo porque, caray, la distancia marchita las frentes y nos despierta los cinco sentidos, siempre a flor de piel. Escribo porque caminante, no hay camino, y al andar y al hacer camino nos construimos, como decía Silvio (y ya va la segunda vez en unas líneas que me refiero a él), el sueño se hace a mano y sin permiso. Y porque como Janus, la distancia y yo tenemos dos caras: una que mira hacia delante y otra hacia detrás.


Por eso puedo escribir que la distancia es el paladar, la distancia sabe a sidra (a no confundir con la cidre), a patatas bravas, a café y tostada de tomate, pero también a vino blanco, a queso antes del postre, a café noir y croissant, e incluso a sopa.
La distancia huele a gasolina de la ciudad a las 8 de la mañana en bicicleta, huele a jazmín, a comino y a hojas de menta, huele a recién pintado. 
La distancia es suave como un peluche regalado en el último cumpleaños y como otro que acompaña ya durante un tercio de mi historia vital, pero también es áspera como el papel de lija, y pincha como las rosas para protegerse, y quema como cuando un cigarro encendido roza involuntariamente la piel. 
La distancia baila a ritmo de Beatles, de aquel CD con canciones del año 1968, de aquel otro con una selección casera de la banda sonora que inspiraría a Ernest Hemingway para escribir. La distancia baila, eso es, por eso cada línea que escribo lleva aparejada un verso de Silvio, de Mario, de Rafael y de otros tantos, porque el lenguaje es música. 
La distancia es algo más que una instantánea o que un cartel de “Bienvenidos a…”. 
La distancia es algo más que un código postal, que un cambio horario y que una llamada por Skype. La distancia es gritar al vacío y cagarte en lo más sagrado por haber tenido que marcharte, que continuar, que crecer. La distancia es pasar de sentirte pequeña e insignificante en la Gran Vía a hacerlo en un boulevard sin nombre. 

domingo, 5 de abril de 2015

La patria de Jules Verne.

Siempre me pareció falso el nombre que nos han dado: emigrantes. Pero emigración significa éxodo. Y nosotros no hemos salido voluntariamente eligiendo otro país. Ni inmigramos a otro país para en él establecernos, mejor si es para siempre. Nosotros hemos huido. Expulsados somos, desterrados. Y no es hogar, es exilio el país que nos acoge. Inquietos estamos, si podemos junto a las fronteras, esperando al día de la vuelta, a cada recién llegado, febriles, preguntando, no olvidando nada, a nada renunciando, no perdonando nada de lo que ocurrió, no perdonando. ¡Ah, no nos engaña la quietud del Sund! Llegan gritos hasta nuestros refugios. Nosotros mismos casi somos como rumores de crímenes que pasaron la frontera. Cada uno de los que vamos con los zapatos rotos entre la multitud la ignominia mostramos que hoy mancha a nuestra tierra. Pero ninguno de nosotros se quedará aquí. La última palabra aún no ha sido dicha.

Bertolt Brecht.


I/ Anécdotas varias.

Primavera 2012.
Dos chicas esperan en una parada de autobús del Boulevard Saint Michel, Paris. Es de noche, bastante de noche, y cuando un individuo se les acerca a hablar con ellas lo primero que piensan es que ha bebido. Pero no, o en caso de haberlo hecho, no lo parecía. El individuo en cuestión les interroga sobre el horario del autobús, o algo por el estilo, y parece hasta simpático cuando, remarcando su acento extranjero, les pregunta de dónde son. Españolas, contesta una de ellas.
La conversación no da para mucho más hasta que el bus de las chicas aparece y se aproximan a la puerta del vehículo. Justo antes de entrar, el citado individuo toca en el hombro de una de ellas y sacándose varias monedas de cobre del bolsillo, las posa en la palma de su mano y con sorna, pero sin gracia, se explica: Toma, para que paguéis vuestra deuda.

Primavera 2015.
Casi meses después de los acontecimientos de Charlie Hebdo, una familia francesa al uso de la alta burguesía se sienta alrededor de la mesa para cenar la consabida sopa. La madre de la familia (40 años, nieta de resistentes según presume, ingeniera de una importante empresa del sector de la energía nuclear) comenta su día en el trabajo. Cuenta como están en proceso de elegir un estudiante de prácticas para los últimos meses del curso y que se ha pasado la tarde analizando dossiers y currícula. Luego, con toda naturalidad informa sobre la siguiente etapa del proceso de selección: buscará en Facebook y otras redes sociales a cada candidato para ver de que palo van, “sobre todo los que tienen nombres árabes, que después de lo que ha pasado, tenemos que tener mucho ojo con no contratar a un loco”. Ante esta confesión (natural, insisto) de prácticas discriminatorias delante de sus hijos, la aupair española (cuyo Facebook no debieron encontrar a la hora de contratarla) a la que un día la ofrecieron 23 céntimos para pagar la deuda de su país, se atraganta con la sopa.