¿Qué libro se llevaría
a una isla desierta?
“Esa pregunta que suelen hacer los que intentan definirnos a través de
nuestras lecturas. Y se equivocan de pregunta porque sería mucho más
interesante conocer el libro que NUNCA sacaríamos de nuestra
casa. Lo de la isla pertenece a ese tipo de interrogaciones que
invitan a la mentira, porque quien la formula sólo se merece que intentemos
quedar bien y digamos aquello que pretende oír. A los lectores no nos gustan
las islas desiertas, ni los libros solitarios, sino nuestra casa, la butaca de
nuestra casa rodeada de libros y de tiempo, y el saber que mañana será otro
día, y otra historia, y otra oportunidad para leer en la cama.”
Luis García Montero, Una forma de Resistencua.
“Il faut Voyager loin
En aimant sa maison”
Guillaume Apollinaire
Luis García Montero es, y ante todo, además de una figura
política de actualidad, uno de los poetas más sanos del panorama actual, además
de fino crítico literario y recién y ligero novelista. Su segunda novela no es tal,
sino que es un conjunto de reflexiones acerca de varios objetos de la cotidianidad.
En Una forma de Resistencia, enumera
varios trastos y cachivaches que le rodean cada día y de los que se niega a
deshacerse porque le recuerdan algo de su pasado, por qué es así, qué le llevó
hacia el presente y, sobre todo, quién es. Me pareció especialmente original
esta forma de normalizar y banalizar el quasi
síndrome de Diógenes que muchos ocultamos tras el famoso orden del desorden que
puebla nuestra habitación. En mi caso, quien lo conoce lo sabe, y como vil
anécdota ahí queda aquella excusa de cuando era pequeña y en las notas del
colegio destacaban aquel “¿es ordenado/a? A veces”. Yo le echaba la culpa a mi
tío Jorge diciendo que era una cuestión genética.
Exijo y defiendo que los trastos y cachivaches sean parte
de mi vida, por ello cuando regreso a casa necesito pasar unos minutos a solas
con el que ha sido durante años mi espacio, y reconciliarme conmigo misma
releyendo los cuadernos, remirando las postales, recolocando los libros (tarea
imposible, subrayo), y remirando todo, en definitiva. Mis cachivaches son mi
forma de resistencia, porque más allá de su utilidad o inutilidad adjunta, son
pedazos de mí que no caben (nunca caben) en la maleta. Qué libro me llevo, qué
camiseta, qué bolígrafo, imposible decidir con el corazón, porque aunque el
libro ya me lo conozca, aunque la camiseta me quede pequeña/grande o el boli no
pinte, es como elegir entre papá y mamá. Por eso decía el desaparecido Galeano
que recordar es re-cordis, “es volver a pasar por el corazón” (Eduardo Galeano: El libro de los abrazos) Y a mí mis diogenidades me ayudan a recordar.
Y cómo no recordar si la memoria de la humanidad amaneció
esta semana herida de muerte sin Eduardo. Y yo que no me había acostumbrado a
la ausencia de Mario y de Gabo. Pero menos mal que nos queda otra forma de resistencia
y cuando vuelvo a casa y de “este ir y
venir del carajo” (Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del
cólera) me encuentro un poco menos sola con mis tres ejemplares de Crónica de una muerte anunciada, cada
uno con su particular historia. Y,
sobre todo, porque siempre resiste la primavera entre mi habitación de paredes
rojas, en la que “se puede estar feliz y
sin embargo no ser feliz, ah, pero nunca pensé que el estar feliz incluyera,
¿sabés? tanta tristeza” (Mario Benedetti: Primavera con una esquina rota).
Siempre que recordamos es primavera, aunque tenga la esquina rota o, aunque,
como la de Alejo, aún no esté consagrada.
No en vano, La
Consagración de la Primavera es uno de mis libros de cabecera desde que
subrayé aquella frase que decía que “nuestra
soberana juventud, nuestra sensualidad, siempre despierta, llenaban un universo
sin cronómetros ni almanaques” (Alejo Carpentier: La Consagración de la
Primavera). Y es que es fácil recordar si en la habitación de paredes rojas el
cabecero de la cama está ocupado con Alejo, con Julio, con Rafael y con Juan. Y me pregunto “por qué, a ciertas horas, es tan necesario decir ``amé esto``”
(Julio Cortázar: Rayuela) cuando, igual que le pasó a Alberti, a regresar a
Madrid necesito ir al Museo del Prado (Rafael Alberti: La Arboleda Perdida, 3).
Un poco presuntuoso, sí, lo de equipararme a Rafael, pero
cómo no acordarme de aquel pasaje cuando dejo al mando del barco a mis pies y
aparezco en la cuesta del Moyano o en la calle Huertas. Como no hacerlo si mis
pies se detienen de repente con extremo cuidado de no pisar las citas de Larra,
de Bécquer o de Moratín, para recordarme que estoy en este país en el que “¿no se lee
porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?” (Mariano José de Lara: Carta a Andrés). Cómo no
recordar a mi ilustre exiliado al pasar frente a una placa dedicada a León,
otro exiliado “imperturbablemente
beligerante” (como decía Jose Luís Aranguren) de este país en el que “sobre tu vida, el sueño/ sobre tu historia,
el mito/ sobre el mito, el silencio” (León Felipe).
Cómo
no hacerlo aunque me siente en una terraza del barrio de las letras y saque del
bolso un libro de Malraux. Qué herejía,
gabachadas hasta el final del mundo, me digo, volviendo a acordarme de otra
reflexión de Rafael, cuando se refiere a aquella ocasión en la que “Aragón, asombrado de la pujanza poética,
llena de hálito político, de Víctor Hugo, lanzaba esta pregunta en medio de
todos los ámbitos de Francia: ¿Ha leído
usted a Víctor Hugo? La misma pregunta podemos nosotros lanzar hoy sobre
poeta tan completo, tan combatiente, tan peligrosamente comprometido -¡sí!- tan
diverso y tenaz como del que hablamos: ¿Ha leído usted a Aragón?” (Rafael Alberti: La Arboleda Perdida, 3) ¿Habéis leído a
Aragon? ¿Y a Paul Éluard? ¿Y a aquel Malraux, brigadista y resistente?
Porque
la literatura se hizo para ser, para estar, para recordar, para vivir. Porque
las letras de un pueblo son su herencia más inmortal, que escapa al fetichismo
de los cachivaches, a los iconoclastas a las censuras, a los olvidos y a las
cazas de brujas. Por eso no pienso volver a ofenderme la próxima vez que a
orillas del Ródano alguien me pregunte si soy del Real Madrid o del Barcelona.
Simplemente sonreiré y no me avergonzaré de mi acento castizo, testimonio de un
pueblo que es a lo vez lo mejor y lo peor. Un pueblo que masacró a un
continente, pero que resistió al fascismo
y a los milicos y salvó los lienzos de Tiziano o Velazquez, y que es capaz de “escribir los versos más tristes esta noche”
(creo que no hace falta referencia bibliográfica aquí). Sonreiré al aficionado
del Paris Saint Germain o del Olympique Lyonnais cuyo pueblo también masacró a
otro continente, pero que construyó barricadas y alzó comunas y que es capaz de
escribir tu nombre, “cuando por el poder
de una palabra/ vuelvo a empezar mi vida/ Yo nací para conocerte/ para nombrate/
libertad” (“Et par le pouvoir d’un mot/ Je recommence ma vie/ Je suis né
pour te connaître/ Pour te nommer/ Liberté”: J’écris ton nom, Paul Éluard).
Qué
suerte que en mi cabecera, junto a Alejo, Julio, Rafael o Juan, también repose
André Breton, o... acaso... “¿no es verdad,
ángel de amor?”
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